¿Qué Ver?  Crestería Molinera

 

 

LOS PRIMEROS MOLINOS QUE VIO CERVANTES.

A medida que nos acercamos a Los Yébenes por la antigua carretera N-401 y ascendemos por El Puerto, podemos observar un paisaje abrupto en cuya cima reinan tres majestuosos molinos de viento, dos de ellos reconstruidos con su maquinaria original, para el oficio de la molienda.

A la crestería molinera, podemos acceder por una senda restaurada y serpenteante de origen romano que nos conduce hasta la cima y en la que El Molino del Tío Zacarías, uno de los gigantes del conjunto, goza de elementos originarios que permiten recrear la molienda a la antigua usanza, al igual que el molino El Torrecilla. También se ha recuperado la antigua Casa del Molinero, acondicionada en la actualidad como centro de visitas y museo etnológico.

En cuanto al camino, a lo largo de setecientos años, entre el S. II A.C y el S.V, la dominación romana quedó patente en las huellas, tanto arquitectónicas, técnicas constructivas, obras de ingeniería, bien acueductos, puentes, presas o calzadas.

Los restos analizados por historiadores y arqueólogos dan a esta senda, un origen romano. En aquella época fue parte de la denominada Vía Lata, que significa camino suave. Esta vía, durante la edad moderna, fue un enlace por donde se transportaban los tesoros argentíferos de América.

Cuando finaliza la senda y llegamos a la cumbre nos encontramos con dos joyas de ingeniería, los molinos de viento, cuyo origen data del siglo de XVI, pudiendo ser los primeros que viera Cervantes, y en los que se inspiró para crear la obra cumbre de la literatura universal.

En un pasaje del experto cervantista, D. José Rosell Villasevil nos narra una historia bien interesante: Cuando en 1553, con poco más de seis años, pasa Miguel de Cervantes por Los Yébenes con su pobre y triste familia, con sus padres, D. Rodrigo y Dña. Leonor y sus siete hermanos, camino de la gentil Córdoba en busca del abuelo acomodado, lo primero que llamaría su atención poniendo en movimiento su bien despabilada inteligencia, sería contemplar coronando la alta sierra, desde la perspectiva del recto camino que lo separa de Orgaz, las escorzadas figuras de los Molinos Viento, moviendo en pos del aire sus grandes aspas como tremendos brazos de gigantes Briarios.

A su paso por otras villas y lugares de la Mancha, encontraría estas figuras saludándoles con garbo.

Los pueblos molineros de la Mancha y de Los Montes de Toledo han utilizado la figura del Quijote, como vínculo de unión, porque este caballero andante no es patrimonio de los lugares que reflejó Cervantes en su libro de caballerías, sino de toda Castilla La Mancha. Así vecinos de las comarcas limítrofes debemos unirnos para promover turísticamente nuestro territorio y esta insigne figura de la literatura universal debe ser nuestro incentivo.

De las numerosas y disparatadas aventuras que viven los dos protagonistas de la famosa novela, D. Quijote de la Mancha y Sancho Panza, la más popular y representativa es sin duda la aventura vivida con los molinos de viento. De esta manera, El Quijote fue conocido como obra cómica en su época y este pasaje presenta un esquema narrativo que se repetirá en posteriores lances y episodios. Y ante los robustos gigantes valedores y guardianes, D. Quijote, alucinado de tanta locura caballeresca y por estar tan falto de sueño, acabó de transformar su cerebro, ante la enorme abundancia de estos desaforados enemigos, que se habían adueñado de toda la Mancha. Trastornado estaba, que al encontrarlos después de haber sido armado caballero y de haber puesto su corazón en manos de Dulcinea, con arrojo y valentía la emprendió contra todos ellos. Y cayó derrotado en la descomunal batalla, pero se levantó sin que su ánimo, hubiera desfallecido ni un átomo.

Cervantes recrea uno de los tópicos más frecuentes en las novelas de caballerías, el enfrentamiento del caballero con seres fantásticos y mitológicos a los que tendría que vencer, pero a pesar de su relevancia está narrado con suma brevedad y la pregunta que podemos hacernos es por qué confunde D. Quijote, los molinos con gigantes y la posible respuesta puede ser que durante la época que vivió Cervantes, en el denominado Siglo de Oro, se inventaron y se crearon numerosos artilugios espectaculares, como mecanismos de relojería, ingenios mecánicos, autómatas fantásticos, como nuestros molinos de viento, en principio por la necesidad imperiosa de obtener agua , debido a la sequía tan acuciante que fue propia de la época.

Y así Cervantes tomaría estos artilugios, que por otro lado son visibles desde la lejanía, por su abigarrada forma y espectacular braceo, encaramados a la loma, como modelo para su capítulo más universal.

A mediados del siglo XVI, es probable que la Orden de San Juan levantara y después arrendara los molinos de viento de Los Yébenes, que altos y vigorosos se divisan en las lomas del puerto, junto con una torre vigía, presente desde tiempos de Abderramán.

Uno de estos molinos, conocido con el nombre de El Tío Zacarías, pues fue este hombre afanoso, tesonero y orgulloso hacía molienda una vez al mes y si venía al caso, dos. Desde los ventanillos del tercer piso, se localizaba la dirección del viento, ábrego, cierzo, solano, hondo, alto o fijo, toledano, villacañero, calderino, matacabras, mediodía o moriscote, que giraban las aspas entoldadas hasta la dirección de éste y transmitían la fuerza del viento a la rueda catalina y ésta a su vez a las piedras de granito y cuando se soltaba el freno y se dejaba caer el grano desde la tolva hasta la piedra solera para que la volandera hiciera su trabajo; el mecanismo se ponía en marcha a una velocidad pasmosa. El resultado final era la transformación del cereal en harina, la más famosa la de almortas, que daría buenas gachas.

Desde el promontorio, apoyados en la baranda de los miradores de sendos molinos, podemos deleitarnos con el paisaje heterogéneo de Los Yébenes: monteño y manchego y se divisan los amplios valles en dirección a Toledo y Ciudad Real, con el siempre pintoresco mosaico de cultivos. En este paisaje, predominan los olivares, que surte a Los Yébenes del exquisito aceite de la variedad cornicabra o el níveo color de la flor del almendro, sin dejar de apreciar el rojo intenso de la tierra de labor. Y a lo lejos todo un horizonte de espectaculares imágenes, donde se atisban los Montes de Toledo.

Por D. José Rosell Villasevil y D. Juan José Fernández Delgado.

 

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